Ochoa Sergio - Minotauro
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No fue sino el tiempo quien se encargó de poner algunas cosas en su lugar y por lógica consecuente, de desacomodar algunas otras.
Sí, para los demás era una pérdida, una gran pérdida y así lo manifestaba ella a manera de convenio social. Mariana sabía muy bien cómo tratar con estas convenciones sociales ; ahora, siendo psicóloga se dedica a la elaboración de perfiles a través de ellas.
Su padre había elegido para ella un futuro de provisión, pero dependencia, con todo y que el Ingeniero Salgado era un hombre culto nunca abandonó la idea costumbrista de que la mujer estaba mejor en su casa: él pensaba con bastante celo que era asunto del hombre salir y hacerse cargo de la probidad, además de no tener que rendir cuentas a nadie -menos a la mujercita- del ¿qué? o ¿cómo?
Poco antes del deceso del patriarca de la familia Salgado las riñas familiares eran el pan y la sal de todos los días, incluidos los fines de semana en el que las salidas a los restaurantes y demás eventos de la vida social se pospusieron hasta nuevo aviso, para evitar los sinsabores públicos.
Mariana desafió a su padre y todo lo que él representaba desde el momento en que le reprochó llevar una doble vida y andar de “ojo alegre”, no le fue difícil reprocharle asistida de toda razón que el Ingeniero tenía al menos un par de hijos fuera de su matrimonio.
Esa niñita que le acompañaba a todos lados, a tomar helado y buscar libros antiguos era ahora una señorita caprichosa, consentida y contestataria que buscaba respuestas, que hacía sentir incómodos a sus padres; que se sentía menospreciada por no haber sido varón:
-Ya te dije lo que debes de hacer Marianita, ¿por qué había de repetirlo?
+ ¡Ya mamá! ¡Te dije que no quería ir! ¡No me gustan esas reuniones y me aburro escuchando siempre lo mismo!
-Hija, es importante para tu papá, ¡Para la familia! ¡Debemos ser justamente eso, una familia y apoyar a tu padre! No te quiero ahí con tu carota, no hagas desatinar a tu papá que bastantes presiones tiene ya en su...
+…Trabajo, sí, ¡ya sé! ¡La misma cantaleta de siempre! ¡Me desespera mamá! ¿Por qué no me lo pide a mí? ¿Por qué te usa de mandadera?
-Más respeto Mariana, ¡No soy mandadera de nadie ¡y si no te lo pide a ti es porque sabe que lo rechazarás, que le dirás que no y que luego te le aventarás encima con tus tonterías!…
+ ¿Cuáles tonterías mamá? Solamente quiero saber ¿por qué tanto misterio? ¿Qué esconde?
-No esconde nada, es mi esposo y lo es desde antes de que nacieras, creo conocerlo mejor que tú y ¡no esconde nada! –Al decir esto sabía que mentía… se mentía a sí misma-
+Sí… antes de que yo naciera era mejor, ¿verdad?
-Ahí vas otra vez con lo mismo, ¡qué fastidio Mariana!
No, no había salida o conclusión definitiva en estos arranques de interrogatorio con la calidad de la Gestapo, el ambiente ríspido que ocasionaba el encontrarse con la antes mocosa agradable y ahora adolescente intratable había orillado al Ing. Salgado a ensimismarse aún más y prácticamente vivir en la biblioteca de la casa, lugar donde deliberadamente no había un televisor, ni una radio que llamaran la atención de la jovencita, quién prefería tirarse de panza en la sala a hojear revistas y hablar por teléfono con las amigas del colegio.
Aquellas tardes de ensueño en donde el Inge y su bella hijita Mariana corrían por el jardín sujetando un rehilete, se sentaban en la fuente a comer helado o se tiraban de espalda a ver el cielo y buscarle forma a las nubes habían quedado atrás para darle una forma de rencor en el corazón de la Sra. Julia Viuda de Salgado, por la irreparable pérdida de su esposo el Inge, y señalar como única responsable a Marianita y sus estúpidos caprichos: estudiar Psicología... ja! como si fuera necesario que estudiara más allá del bachillerato, si bien que se pudo haber casado con cualquier buen mozo que se le apersonó y llenarla de nietos –pensó alguna vez la viuda- pero esas ganas de valerse por sí misma y hacer las cosas a su modo eran más propias de un hombre, un varón. Ese que nunca llegó.
El Ing. Mario Salgado murió de un infarto fulminante mientras estaba en la biblioteca de su casa, su refugio; su santuario.
Se encontraba revisando, por decirlo así, un libro que por accidente recibió Jacobo Aguilar en su librería. No formaba parte de ningún pedido, venía dentro de una caja junto con otros libros que sí habían sido solicitados a una editorial del Distrito Federal, pero este tomo en particular venía embalado con mucho cuidado, envuelto en hojas de periódico y tela, atado con manta.
Se trataba de un volumen en español de finales del año 1800, pesaba un poco más de dos kilos y se encontraba en perfectas condiciones. Jacobo ya le había leído en su totalidad y elaboró una estupenda reseña que se compartió en la más reciente tenida cerrada, celebrada en la Logia de la que ambos formaban parte.
Pero algo no lograba terminar de entender, algo que definitivamente “no cuadraba” ¿cómo es que había aparecido ese libro dentro de la caja?, eso le provocaba una extraña sensación de inquietud, de desazón.
Siendo un hombre de ciencia, o al menos así era como le gustaba verse a sí mismo, Jacobo sintió un alivio cuando el Ing. Salgado le pidió el libro prestado para llevárselo a su casa. No dudó en acceder, de hecho, estaba a punto de pedirle que se lo llevara; pero tampoco quería perderlo. Era una especie de capricho: lo quería propio, pero no deseaba tenerlo cerca, así que la petición le vino bien.
El Ing. Salgado no se obsesionó con la lectura de este libro que incluía algunas obras de Wagner, ya las había leído en otros tomos. Lo que sí le llamó mucho la atención fue el cuidado que se tuvo en la traducción.
Capítulo 4
Feliz Cumpleaños
Jorge entra al bar de un conocido restaurante que está justo en una de las cuatro esquinas que forman la Avenida Colón y la Avenida Juárez. Este lugar es, por así decirlo uno de sus centros de operaciones, “el de manteles largos”.
La sed habitual del fin de semana le invade, busca una mesa y la ocupa, después de ello saluda al mesero, pone al día su crédito y se dispone a comenzar con su acostumbrado ritual de embrutecimiento, el de casi todos los viernes.
A escasos metros de su mesa un grupo de amigas se ha reunido para celebrar un cumpleaños; el de Mariana Salgado: una mujer alta, de tez clara y cabello oscuro, el día de hoy cumple 29 años de edad. Mariana tiene una voz gruesa, presencial, que de inmediato captura la atención de Jorge, quien no tiene oportunidad de disimular en lo absoluto su sorpresa ni su incipiente interés. Pero al parecer no es el momento de cortejar, las amigas ciñen de inmediato un cerco territorial en torno a Mariana y Jorge respeta dicho límite. Saluda a las damas con un gesto galante y sin morbo, instruye al mesero para que les sirva una ronda de bebidas en su nombre, aunque sin afán de perturbar.
- ¡Miguel!
+ ¿Qué se le ofrece mi Lic.?
- ahorita en una chancita invíteles a esas damas una ronda de lo que sea que estén bebiendo, pero, así como es usted, ¡con mucha educación!
+ ¡Claro mi Lic.!
- Espere un par de rondas y luego…
+… Trácales ! ¡Así como dice usted mi Lic.!
- Así mero Mike, ¡sin piedad!
¡Jajajajaja! -Ríen los dos.
Las damas están siendo quizás demasiado ruidosas, entregan a Mariana sendos regalos y ella los agradece con detalle, viendo directamente a los ojos a cada una de ellas; en orden y con calma; no hace movimientos bruscos y se asombra con una gran naturalidad, pero sin perder nunca la postura, es toda una maestra en el oscuro arte de la comunicación no verbal y asimismo muy buena en eso de cultivar amistades.
- ¡Qué bárbaras muchachas: Andrea, Luisa, ¡No debieron haberse molestado! ¡Este bolso debió costarles una fortuna!
- ¡Ni tanto Marianita! ¡Además sabemos que te gustan mucho!
+Sí, -agregó Luisa- ¡lo que nos costó un mundo fue ponernos de acuerdo! ¡Qué difícil eh! ¡Mira que más te vale que lo uses tooodos los días, que casi pierdes dos amigas!
Jajajajaja! Soltaron las carcajadas todas.
Andrea, una de las amigas de Mariana no ha dejado de voltear con discreción a ver hacia la mesa del vecino, entre atisbo y atisbo reconoció a un señor joven, que muy al principio mostraba un interés evidente en su mesa, quizás por el argüende , o quizás se fijó en alguna de ellas, pero las últimas dos veces que ha virado para verle lo ubica con la mirada vaga, algo extraviada, da la impresión de que está distraído pensando en algo más.
Ha transcurrido ya el tiempo equivalente a dos bebidas, una cerveza en el caso de Jorge, quien advierte que todas o casi todas las compañeras de Mariana son casadas, todas menos ella. Espera paciente a que el mesero llegue hasta su mesa y entregue a cada una sus bebidas, las mujeres se sorprenden y cuestionan al mesero, quien les indica que: “son cortesía del caballero de aquella mesa-, quien les desea una grata velada y a usted un muy feliz cumpleaños!” Mariana enrojece, Miguel el mesero domina su oficio a la perfección y lo hace muy bien de emisario.
El hielo se ha roto, bebida en mano las damas brindan a lo lejos y Jorge alza su vaso, desea feliz cumpleaños y establece contacto visual con Mariana, quien al final de su tertulia seguramente irá a buscarle hasta su mesa.
El festejo concluye, le sigue una reunión familiar en casa de Mariana. A la voz de “vámonos juntas ” le siguió una solitaria de “ahorita las alcanzo, no me tardo” las damas sonrieron maliciosamente, pero asintieron a la petición sin reparos, mientras lanzaban miradas de desapruebo y sospecha sobre la persona de Jorge, quien sostenía un vaso que posaba sobre la mesa, estaba verdaderamente absorto en sus pensamientos; en ese momento Jorge no estaba ahí.
Mariana se aproximó a la mesa de Jorge, llevaba puesto un vestido de colores sólidos, muy conservador y un discreto conjunto de perlas alrededor del cuello que empataban con su juego de pendientes. Nadie personificaba mejor el look de Diana Spencer que ella, pero con el cabello oscuro.
Saludó con su ronca voz, sacando con ello a Jorge de su ausencia:
- ¿Me puedo sentar? Preguntó mientras sacaba su bolso Halston tipo clutch debajo su brazo derecho para posarlo elegantemente sobre la mesa, el brillo de los detalles de metal de entre la piel ilustraron coquetamente la escena.
+ ¡Sí, claro! Respondió Jorge mientras se le quedaba viendo como intentando reconocer a una completa desconocida
Con un poco de vergüenza Mariana preguntó: ¿me recuerda? Soy la del cumpleaños, estaba sentada allá hace un momento . Y señala la mesa en la dirección en que se ubica, con una mueca de sonrisa
+ Ah, desde luego, disculpe, se puso de pie para recibirle: Jorge Ledezma a sus órdenes, extendió la mano para saludarle, me agarró un poco distraído dándole vueltas a un asunto...
- Mariana Salgado -mucho gusto- correspondió al gesto protocolario, si está usted ocupado lo dejamos para mejor ocasión, reviró.
-No… no, disculpe usted. No es de gran importancia y creo que ya le he dedico suficiente tiempo y en realidad no logro concluir nada.
Ambos ocupan sus respectivos equipales, esos característicos sillones de este bar.
+ Lleva usted una sortija muy linda, ¿regalo de su padre? Jorge lanzó un dardo envenenado sin proponérselo
Su intención nunca fue incomodar ni sacar del balance que la dama ya se había apropiado, no fue algo siquiera pensado, pero de haberlo sido se parecería mucho al sonido del golpe que despide un bate de madera cuando se conecta un “hit” macizo directo al jardín central.
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