Ochoa Sergio - Minotauro

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    Minotauro
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Ochoa Sergio - Minotauro краткое содержание

Minotauro - описание и краткое содержание, автор Ochoa Sergio, читайте бесплатно онлайн на сайте электронной библиотеки LibKing.Ru
Un policía investigador de la vieja escuela auto exiliado en el área de archivos; un abogado erudito y bohemio atrapado en un anodino puesto burocrático y una bella psicóloga especializada en trastornos del sueño y perseguida por fantasmas del pasado: tres vidas entrelazadas en el marco de una trama sutil que desemboca en un final sublime. Un policía investigador de la vieja escuela auto exiliado en el área de archivos; un abogado erudito y bohemio atrapado en un anodino puesto burocrático y una bella psicóloga especializada en trastornos del sueño y perseguida por fantasmas del pasado: tres vidas entrelazadas en el marco de una trama sutil que desemboca en un final sublime.  En la mejor tradición de la novela negra latinoamericana, Sergio Ochoa teje en Minotauro un relato de ambientes oscuros y personajes enigmáticos que mantienen vilo al lector y, como quien no quiere la cosa, página tras página se va adentrando en una serie de vericuetos filosóficos aderezados con un toque de humorismo un tanto turbio.

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Mariana enrojeció súbitamente, tuvo un recorrido mental desde su adolescencia: el día en que recibió el anillo como obsequio, ahora la ausente era ella…

- ¡Sí!, mi papá me lo regaló cuando salí de preparatoria, era de él y lo mandó ajustar para que me quedara a mí.

Mariana se retiró el anillo y lo puso en manos de Jorge, quien lo observó con autentico cuidado y detalle. Se trataba de una pieza de oro de 14 quilates, con grabados en los hombros, en uno de ellos, el escudo de la logia masónica del rito escoces de El Paso Texas, en el otro una “equis” formada de dos pergaminos enrollados sobre una hoja de olivo, distintivo del grupo al que pertenecía el antiguo dueño como custodio de la biblioteca y secretario de acuerdos , sobre la montura el clásico compás y la escuadra, emblema de la masonería y debajo de él dos rubíes y las siglas G11.

Mariana nunca se había quitado de su dedo esa pieza para mostrarla a nadie, súbitamente cayó en la cuenta de ello, pero no se incomodó, por el contrario, su reacción fue tan natural y cómoda que hasta sintió algo de familiaridad.

- ¿Es usted masón?, preguntó Mariana, o ¿cómo lo supo?

+ Jorge mintió: ¡no!, pero trabajo desde siempre con muchos de ellos. Mariana sabía que la primera parte de la respuesta era mentira:

- “Ah, sí, y ¿a qué se dedica usted’?

+ Soy empleado de gobierno, de profesión “ leguleyo”

- ¿Cómo?

+ Abogado, ¡pero no litigante!

- ¿Ah no?, ¿entonces de cuáles?

+ De los que asesoran únicamente… ¿Y qué sigue como parte del festejo?

Mariana se incomodó de nuevo, no estaba acostumbrada a tantas preguntas y en sólo un momento Jorge ya sabía más de ella de lo que mucha gente le conocía en años de tratarle.

- Pues nos reuniremos en casa, será algo familiar… sintió que su respuesta carecía de cortesía y reculó titubeante para después pensar en voz alta. “la verdad es que no sabría si fuese buena idea invitarle, no deseo ser pedante, pero mis amigas y mi familia… ay, qué contrariedad!” -se sintió entre la espada y la pared-

+ Descuide, no se sienta incómoda, comprendo. Ya habrá oportunidad de coincidir, yo frecuento este lugar con bastante regularidad. El buen Mike puede dar testimonio de ello, ¿Cierto Mike?

Ahora el mesero era quien se ponía de colores, aunque estaba de pie a una distancia prudente nunca pensó que Jorge lo fuera a incluir en la charla, muy contento asintió a la mención de su persona con un gesto de aprobación silente, Jorge levantó su vaso ligeramente para saludarle y después de ello darle un trago al final de su segunda cerveza.

-Mire Jorge, ya estamos aquí y si lo dejamos a la suerte será difícil coincidir, permítame darle mis datos, únicamente deme oportunidad de llegar primero a casa; mi madre debe estar como loca ya; lo espero, ¡no me vaya a fallar!

+ “¡ Nuncamente lo haría!” tomó la tarjeta de presentación y la llevó al bolsillo interior de su saco.

Comúnmente Jorge no atiende a este tipo de invitaciones, asume que representan ya en sí un compromiso y es lo que menos desea, bebió un par de cervezas más y estaba decidido a quedarse ahí pero había algo extraordinario en esta ocasión y repentinamente deseaba investigar este impulso, no eran únicamente las largas piernas de Mariana, era algo que necesitaba abordar con -riguroso escrutinio académico- , se decía a sí mismo sonriendo, como justificando la decisión de atender la invitación de Mariana.

Capítulo 5

Maestro Jacobo

El amigo más cercano del Ingeniero Salgado era el Maestro Jacobo Aguilar, además de ser compañeros de Logia y tener el mismo grado, compartían un rancio gusto por la lectura, eran un par de eruditos que solían pasar largas horas revisando libros y compartiendo datos, ya fuese como parte de las tareas propias de la custodia de los libros de la Logia o como jornada personal; parecían un par de chiquillos cada vez que llegaba un embarque de alguna casa editorial, o un pedido especial. El maestro Jacobo Aguilar era el propietario de la Librería El Compás , ubicada en la esquina de la Calle Libertad con la Calle 15ª, en el centro de la Ciudad.

Cuando Jacobo recibía por mensajería una de esas cajas con libros de inmediato notificaba vía telefónica al Ingeniero Salgado, quien cancelaba todos sus compromisos para ese día, iba a su casa, comía con prisa y se acompañaba de su pequeña hija para ir a la librería del Tío Jacobo . De camino se detenían a comprar helado, o cacahuates o alguna golosina para aderezar el evento.

La pequeña Mariana solía además llevar sus libros para colorear y su surtidísima lapicera, bueno, al menos así eran esas visitas mientras Mariana era aún una niña. Una vez que creció perdió el interés por acompañar a su padre a donde fuera y ya siendo una adolescente no toleraba siquiera estar cerca de él.

El último volumen del diario de Jacobo Aguilar era el Tomo XVI, comenzaba a finales del mes de julio de 1971 y llegaba hasta el mes de febrero de 1972, en él se relataba a veces con detalle, a veces de manera superficial el día a día personal, reuniones, temas tratados, compras y ventas de sus libros, citas, pendientes y hasta las visitas al médico eran citadas en ese texto.

Este volumen estaba bajo el celoso resguardo de Doña Julia viuda de Aguilar, quien recorría con doloroso detalle los últimos meses de la vida de su compañero, de su amigo, tratando de entender qué había sucedido.

El empastado tenía ya las marcas de la lectura obsesiva; frenética. La tía Julia se hacía acompañar por las tardes y las noches de insomnio de ese diario, al que deshojaba incesante, buscando respuestas, en anhelo de consuelo, fortificando su postura, convencida de su pienso. Jacobo no había muerto en un accidente, había algo más, ¡no se trataba de algo fortuito!

Jacobo ya no estaba, no físicamente, pero dejó una seria de pistas -al menos eso pensaba su viuda- una ruta señalada con migajas de pan que debían de ser seguidas, que conducían a algún lugar; que podrían revelar mucho. La orilla del hilo que ató Teseo a la puerta del laberinto para encontrar de nueva cuenta la salida.

Únicamente hacía falta encontrar la primera pista; la primera señal.

Julia estaba segura de que el diario era un distractor, ni siquiera un referente, el mensaje debería estar oculto en la vieja librería, propiedad de Jacobo.

La Tía Julia no tomaba como literal mucho del diario, sabía de Jacobo y sus metáforas; se divertía con ello. Podía referirse a una visita al mercado de la calle cuarta vieja como un viaje a tierra santa, los trabajos de contabilidad de sus amigos estaban citados como el zoológico y los changos; así era Jacobo Aguilar, todo un enigma; un divertido enigma.

Capítulo 6

Fantasmas

El trabajo de Velarde ya es más que nada rutinario, monótono. Hace muchos años que dejó de ser tedioso; cuando le importaba invertir el tiempo en algo más pudo haberlo sido, pero ya no.

Hacía pasado ya algún tiempo en que decidió abandonar las calles para refugiarse en el área de archivos, las rodillas ya no le daban el mejor de los servicios; el sótano del edificio que albergaba las oficinas de la policía judicial federal se había convertido en su refugio, en su santuario. Cientos de cajas apiladas y enmohecidas le brindaban su mejor compañía.

Aunque Velare ya no patrullaba conservaba su arma de cargo, la lleva siempre consigo, abastecida. Dista mucho de ser nueva, pero le conservaba en buen estado. Haberla recibido de manos del propio Gustavo Díaz Ordaz le concedía, por decir lo menos, permiso de portación vitalicio.

A Velarde le inquieta permanecer relegado, si bien podría admitir que al principio le resultaba cómodo tener una participación poco activa dentro del cuerpo policiaco, últimamente se desespera por sentirse oxidado , son escasas las ocasiones en que es considerado para participar en un operativo, ya no se diga en un allanamiento, no cuenta con la confianza expresa de sus jefes; conserva su puesto por sus contactos en el Distrito Federal (que cada vez son menos) y por ser el único elemento que cubre vacaciones, ausencias y tiempo extra sin chistar.

Tanto tiempo en este autoexilio en el área de archivo le ha trastornado sin darse cuenta, los ruidos que logran filtrarse desde el exterior poco a poco se han ido transformando en una incómoda voz interior que lo molesta, que se burla de su vejez prematura, de su falta de méritos, de su soledad; le atormenta.

Los murmullos, el barullo de oficina, las miradas que no van acompañadas de sonido alguno; todo le resulta sospechoso.

Lo que alguna vez fuera el refugio perfecto ahora le causa ansiedad, le enturbia las ideas, lo altera al grado de sostener fuertes enfrentamientos verbales con sus colegas, todos injustificados. Está irritable; irascible.

La gota que derramó el vaso: un tallón en el fender de su coche.

Roberto entra a la comandancia gritando, lleno de rabia, que habrá de encontrar al autor de semejante canallada y le hará pagar por ello.

El exabrupto de Velarde va subiendo de tono hasta pasar de los gritos a una patada al surtidor de agua, el garrafón de vidrio cae y se hace añicos contra el piso.

El revuelo ha llegado hasta los oídos del comandante quien abandona su oficina para ver qué es lo que sucede y al confrontar la escena llama al orden a gritos, pide que limpien el lugar y le ordena a Velarde que le acompañe.

- Velarde…Velarde… ¡Capitán Velarde!

+ ¡Sí Señor! (Velarde sale de su trance y se cuadra)

- ¡Acompáñeme! (grita la orden)

Lleno de vergüenza e intentando recapitular sobre lo acontecido Velarde contempla el rostro de sus compañeros quienes no dan crédito de lo sucedido: el policía con más experiencia y de carácter retraído explotó como una caldera, se expresó de una manera que nadie le conocía, lleno de cólera. Ahora lo invade un sentimiento de vergüenza casi infantil, podría decirse incluso que tiene ganas de llorar, como un niño después de la más terrible de las rabietas.

Dentro de sí escucha una voz que celebra lo sucedido –Sí, ¡estuvo bien! ¡Que sepan que contigo no se juega!... ¡ya estuvo bueno! ¡Eres el Capitán Roberto Velarde! Hasta el comandante se cuadró, ¿Lo viste?... ¡Estúpidos!-

Velarde no se extrañó por la aparición de esa nueva voz interior…no pudo evitar sonreír sardónicamente mientras se dirigía a la oficina del comandante, a recibir su llamado de atención.

Capítulo 7

Segundo Sueño

Al llegar a su casa Jorge cayó rendido, el desgaste físico se sumó al cansancio mental -ya eran muchas vueltas de lo mismo-

Se durmió.

Era tan pesado su sueño que ni los zapatos alcanzó a quitarse, se quedó en la misma posición durante mucho tiempo, pero a la hora del sereno su cuerpo comenzó a estremecerse, al interior de su sueño apareció él mismo sentado ante una mesa donde estaba servido un gran banquete, sonrió al levantar una copa de vino, al descansarla sobre los labios dio un gran trago cerrando los ojos, pero al abrirlos encontró sentada frente a él a la rubia: “Te dije que volvería!”

El sueño comenzó a inquietar su cuerpo que de pronto luchaba contra la colcha y las almohadas para darse espacio, pero sin lograr despertar. Al interior de su mente la escena transcurría, pero ya en otra lid, la inquietud se detuvo y ahora ante esa mesa enorme únicamente estaban frente a él una botella de vino y dos copas, la misteriosa mujer rubia ya no estaba frente a él, sino a un lado, en una actitud cordial, aunque nunca pasiva.

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