Array Array - Atlas de geografía humana
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Hizo una pausa para mirarme y comprobar la eficacia de su último chiste, y no le defraudé.
—No te rías porque no tiene gracia… En serio. Así empezó todo. Yo quería tener una casa propia, pero desde el primer día, todas las mañanas me recuerdan que el piso donde vivo, y cuyas letras pago religiosamente cada fin de mes, por cierto, en realidad es de mis suegros, que nos dieron la entrada, y no como mis padres, que sólo le hacen regalos a los niños. Eso con el desayuno, todos los días, sábados y domingos incluidos. Mi suegra nos llena la despensa de vez en cuando, nos regala lámparas, ceniceros, y cosas por el estilo, paga el inglés de sus nietos, y le compra un traje a su hija cada vez que vamos a una boda. Y no lo necesitamos, ¿sabes?, es decir, yo no lo necesito, la cuenta del banco no lo necesita, mi nómina no lo necesita, pero Flora sí. Flora depende vitalmente de ese dinero para triunfar en los dos únicos propósitos que dirigen su vida, el primero, humillarme a mí, y el segundo, y derivado del anterior, vivir como un pacha, que es lo que hace desde que nació. Al principio, siempre decía que se pondría a trabajar con sus padres, que tienen una fábrica de muebles, en cuanto Ramón, el mayor, fuera al colegio, pero antes de eso, se quedó embarazada
otra vez y tuvimos a Isabel, y bueno, todo tenía sentido, estaba bien. Pero cuando la niña empezó a ir a la guardería, a los dos años, entonces, como ya no tenía excusas, se dedicó a arremeter contra mí porque en el fondo se siente culpable, ¿entiendes? ¡Y a mí me da igual que no trabaje! ¡Te juro que me da igual! Pero que no me joda. Un día de éstos, le van a preguntar a mis hijos en el colegio qué es su padre, y van a contestar que un pobre hombre, porque eso es lo único que soy en mi casa, un pobre hombre, y todo porque mi mujer no se aclara… Si quiere ser ama de casa, que sea ama de casa, pero de las buenas, de las de verdad, y yo estaré encantado. Y si no, pues que se monte la vida como quiera, y todavía mejor, porque estará mucho más contenta, si a mí no me importa, en serio, a mí me encanta mi trabajo, tú lo sabes, y ahora gano mucho dinero, no lo cambiaría por nada del mundo, y no quiero putearla, de verdad que no, pero no aguanto más el mismo rollo, cállate porque si no fuera por mí no tendríamos esta casa, cállate porque si ganaras más podría venir la asistenta todos los días a plancharte las camisas, cállate porque mis padres ya nos dan mucho más de lo que me pagarían en cualquier empleo, cállate porque si te has creído que soy tu esclava estás muy equivocado, cállate porque no vas a conseguir que pierda mi dignidad, cállate porque bastante tengo con andar todo el día arriba y abajo con la casa y con los niños… ¡Coño! ¡Pues que salga de casa! ¡Si es la única mujer de este país que tiene un puesto de trabajo asegurado! ¿A mí qué me cuenta? Si va de maruja, que sea una maruja, y si no, pues que haga otra cosa, pero todo a la vez no puede ser, ¿no? Pues sí, resulta que sí, y ¿sabes porqué? Pues porque yo soy un pobre hombre, ni más ni menos. Y lo peor no es eso, claro…
Nunca le había visto así, ni siquiera cuando todos los ordenadores de la planta se confabulaban contra nosotros para colgarse a la vez, nunca, y ya conocía su capacidad para la pasión, la dirección de esos violentos aspavientos que subrayaban cada sílaba, la violencia de su sinceridad precipitándose en el horizonte como un arma arrojadiza, cuestión de carácter, sólo necesitaba un milisegundo para indignarse de corazón por cualquier cosa, igual que Ana, y ya le conocía, pero me sorprendió su color, tan lejos del rojo flamante de las banderas que iluminaban su cara otras veces. Ahora su piel parecía sucia, un trapo grisáceo y mal doblado, marrón donde antes se sonrosaba, mejillas tristes, moradas, una desesperación pequeña, pero no por eso menos desesperación, asomando entre sus dientes para coser una palabra con la siguiente, el acento descreído, cruel, de quien se ha prohibido a sí mismo calcular que las soluciones existan. Yo conocía esa voz, conocía su eco, pero jamás me habría atrevido a atribuir a Ramón ni la más trivial de sus resonancias, y por eso le escuchaba en un silencio absoluto, silencio de la voz y de las ideas, silencio de la memoria y del corazón. Nunca había estado tan cerca de él. Nunca tampoco, hasta entonces, su proximidad había llegado a inquietarme.
—Lo peor es que he terminado por cogerle manía, así de claro. Que me cae francamente gorda. ¿Te lo puedes creer? ¿Te puedes imaginar lo que significa meterse en la cama con una tía que, no es ya que no te guste, sino que ni siquiera te resulta simpática? Pues eso es lo que hice yo ayer, y lo que voy a hacer esta noche. Claro que, esta noche, cuando llegue el momento de meterse en la cama, ya me habré arrepentido de haberte contado todo esto, y me habré recordado que adoro a mis hijos y que en Biafra están mucho peor, yo qué sé, no sabes la cantidad de tonterías que llego a pensar cuando estoy mal, y hoy estoy muy mal, a lo mejor porque sé de sobra que yo nunca tendré los problemas de Rosa… No hay nada que hacer, ¿sabes?, no hay remedio. Estoy seguro de que no hay remedio. Flora no va a cambiar, a estas alturas, y yo tampoco, así que jamás tendré cojones para largarme de casa por mi propio pie, y desde fuera tampoco habrá nadie que tire de mí, porque, a ver… ¿qué tía va a enrollarse conmigo, tan gordito, con las gafitas, y este marronazo de puta madre a cuestas…? Pues ninguna, naturalmente. Así que esto es lo que hay. ¡Como no me caiga la breva de que…!
Su confesión se detuvo aquí en una pausa más larga que las anteriores. Después comprendí que había valorado con cierto cuidado los efectos que produciría el episodio que me contó a continuación. Y jamás habría podido sospechar la verdadera naturaleza de mi respuesta, porque su actuación no me pareció ingenua, ni ridícula, ni patética. Yo conocía muy bien el signo de aquella
infección, una enfermedad que cura, el desequilibrio que afirma la cuerda floja para que el equilibrista camine mejor, durante más tiempo. Apenas me sorprendió descubrir que el pobre recurso que a mí me permitía escapar de la soledad de vez en cuando, sirviera también para crear soledad cuando era imprescindible.
—No te lo vas a creer, seguro que no, pero hace un par de semanas, el viernes, creo, llegué a casa pronto, como a las seis y media más o menos, y nada más abrir la puerta noté que pasaba algo raro. Antes de cerrar, ya me había dado cuenta de lo que era, silencio, paz, una calma absoluta, ni la televisión estaba encendida, ni los niños chillando, ni se escuchaban carreras por el pasillo, ni Flora hablaba por teléfono, nada. No lo entendía, así que me quedé un par de minutos en el recibidor, de pie, con la cartera en la mano, al acecho de la menor forma de vida, y como no vino nadie, dije hola en voz alta. Nada. Les llamé a todos por sus nombres, a grito pelado, y no me contestaron. Era rarísimo, porque a mi mujer no le gusta salir de casa después de que los niños vuelvan del colegio, y cuando tiene algo que hacer, me lo dice para que me quede con ellos, y aquel día no me había avisado de nada, más bien al revés. Yo era el que creía que iba a llegar tarde, porque tenía una reunión con los de Grandes Obras que se desconvocó en el último minuto, así que no me esperaban. Eso fue lo que me mosqueó, que no me esperaban, y entonces, de repente, se me disparó la cabeza. Me acerqué muy despacio a la cocina repitiéndome que no, que ni hablar, que era imposible, y allí estaba, pegada a la nevera con un imán de Danone, una nota tan larga que parecía una carta, con la firma de Flora y todo, debajo… Debería haberla leído allí mismo, pero la cabeza se me había disparado y ya no podía recuperarla, y era demasiado bonito para resistirse, Querido Ramón, leí con la imaginación, perdóname, pero no puedo seguir viviendo contigo ni un solo día más porque estoy enamorada de otro hombre… Total, que no me atreví a leer la nota de la nevera, ¿te lo puedes creer?, no la leí. Me fui derecho al salón, me puse una copa, me descalcé y, tirado en el sofá, bebiendo a sorbitos, me dediqué a imaginar quién sería él, ese benefactor de la Humanidad que iba a cargar con Flora en lo sucesivo… Después, me dediqué a ordenar las estanterías con mucho método. Aparté todos los objetos, jarritas, bandejitas, muñequitos, que Flora posee por centenares, y desnudé todas las mesas de esos tapetitos de ganchillo que siempre me han destrozado los nervios. Ella querrá llevárselos, me iba diciendo mientras los recogía, muy comprensivo, y tendremos que arreglar lo de los niños, porque yo no estoy dispuesto a renunciar a mis hijos, ni hablar, claro que para eso hay tiempo… Luego puse música, y hasta bailé solo, mientras cambiaba los muebles de sitio, es increíble… Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien, y esto no es nada comparado con lo que te espera, me prometí a mí mismo, adjudicándome una vida cojonuda, yo solo, en aquella casa, mis máquinas, mis libros, mi Telepizza… ¡Uf!
—Y entonces llegó Flora —me atreví a terminar el discurso por él, con una sonrisa.
—¡No! Qué va… Eso fue lo peor, que tardó casi dos horas más en aparecer. Cuando escuché la llave, iba ya por el cuarto whisky y estaba definitivamente borracho. Y no hizo una entrada discreta, no creas, nada de eso. Isabel se le había quedado dormida en brazos, y chilló como un cerdo a medio degollar hasta que me levanté y fui a por ella… Venían del cine, fíjate qué cosa más idiota. La nota decía que mi suegro y mi suegra habían tenido una bronca porque la noche anterior, revisando un apunte que acababa de enviarles el banco, él se encontró con un talón sin justificar que no había cobrado…, no sé, menos de quince mil pesetas, creo, una mierda… Había acusado a su mujer de gastarse el dinero por su cuenta, y ella, que estaba hundida, había pillado la cartelera, había visto que reponían su película favorita en unos multicines que están a tomar por culo, en Aluche o por ahí, y había llamado para invitarnos a todos a ver La dama y el vagabundo, ya ves tú, qué represalia. Por lo visto, Flora había llamado a la editorial para avisarme, pero a mi secretaria se le olvidó decírmelo. Así que de la peli me libré, pero de lo demás no hay quien me libre… Tengo mujer para rato.
Habíamos dejado atrás la plaza de toros y acabábamos de cruzar Manuel Becerra con pasos medidos, casi cansados, cuando Ramón se paró de repente.
—¿Nos quedamos aquí? —preguntó, y a mí ya se me había olvidado que el objetivo teórico de
nuestra caminata era tomar una copa en alguna parte, pero le dije que sí, porque por un lado, estaba cansada de andar, y por otro, presentía que un par de cubatas iban a sentarme estupendamente.
Entramos en un local bastante oscuro y de perfiles equívocos, un ejemplar típico de las zonas menos lucidas —como aquélla— de los barrios de ricos —como aquél—, a medio camino entre un clásico bar de tapas, la barra que encontramos junto a la puerta, y el pobre intento de semipub inglés que se concentraba en las mesas del fondo, donde nos sentamos. Cuando ya me había tragado media docena de cacahuetes salados, supuse que, por fin, me tocaba decir algo.
—Es curioso, ¿sa–abes, Ramón?, porque yo vivo sola, y mis problemas son ca–asi exactamente opuestos a los tuyos, y sin embargo, te comprendo muy bien, en serio…
—Claro —no llegó a mirarme, pero me daba la razón con la cabeza—, porque somos el mismo tipo de gente… No te ofendas, porque me pongo yo por delante, pero lo he pensado muchas veces. Tú y yo nos llevamos tan bien porque los dos somos pequeños, insignificantes, el tipo de gente a la que jamás le toca la lotería, ninguna lotería… No quiero ponerme fatalista, pero algunos días no puedo alejar la sospecha de que el destino existe, y nos somete. O a lo mejor, nos falta un don especial, que es el que permite que seamos felices… ¿Tú te has dado cuenta de lo poco que necesitan algunos para ser felices? Cosas que nosotros tenemos, un trabajo, un sueldo, una casa…
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